Una mirada crítica a la cultura del rendimiento y la rendición de cuentas en la educación a partir de reflexiones de Gert Biesta.
En el ecosistema educativo contemporáneo —cada vez más dominado por cuadros de mando, analíticas de aprendizaje y clasificaciones estandarizadas— parece que la única vía legítima para validar la labor docente es el dato comparativo. Sin embargo, urge detenerse y plantear la pregunta incómoda que nos arroja Gert Biesta: ¿valoramos lo que medimos, o simplemente medimos lo que resulta fácil de medir?
La hegemonía de una supuesta «educación basada en evidencias» corre el riesgo de empobrecer la pedagogía si reduce la enseñanza a lo estrictamente cuantificable (como ocurre con las lecturas mecanicistas del tamaño del efecto al estilo Hattie o lo que termina diciéndose en torno a los informes PISA). Las métricas, desprovistas de una hermenéutica pedagógica, suelen alimentar comparaciones estériles y rankings burocráticos más que una transformación real. Quienes trabajamos con tecnología y apostamos por la innovación no renegamos del valor de los datos, pero debemos reconocer la trampa: cuando nos obsesionamos con el método, la analítica o la herramienta, olvidamos preguntarnos por los fines. Y en esa omisión sistemática del sentido germinan el cinismo institucional y el escepticismo en las aulas.
Biesta nos recuerda que la educación cumple siempre tres funciones inseparables: cualificación (la transmisión de conocimientos y destrezas), socialización (la inserción en una cultura y una comunidad) y subjetivación (el proceso por el cual alguien llega a ser sujeto, capaz de pensar y actuar con criterio propio y libertad). La cultura del rendimiento y la rendición de cuentas lo reduce casi todo a la cualificación. Pero lo verdaderamente decisivo —lo que hace que la experiencia escolar sea transformadora— ocurre en el plano de la subjetivación, un territorio esquivo a los formularios y a las hojas de cálculo.
Esto no implica erradicar la evaluación ni el rigor, sino rechazar que la métrica externa sea el único patrón de valor. Principalmente porque el vínculo educativo no es una transacción contractual de servicios entre cliente y proveedor: es una relación moral y de alteridad. Como tal, es una responsabilidad radical y asimétrica. No esperamos de nuestros estudiantes una reciprocidad que nos emancipe; somos los adultos los llamados a responder por ellos de manera indelegable, habilitando las condiciones para su propia autodeterminación. Cuando esta responsabilidad se diluye, se externaliza a protocolos o se esconde tras el cumplimiento burocrático, la tarea docente pierde su gravedad y su belleza, deviniendo en mero trámite.
La falta de autenticidad es contagiosa. Cuando un claustro asume un pragmatismo de mínimos como mecanismo de defensa ante un sistema exhausto, el escepticismo se normaliza. Sin embargo, todos guardamos en la memoria a aquellos maestros que marcaron nuestra trayectoria; ninguno de ellos se limitó a cubrir el expediente ni basó su vocación en el cumplimiento de un indicador. Comprendieron que la autoridad pedagógica nace del coraje de asumir la asimetría moral del encuentro con el alumno.
¿Hacia dónde mirar entonces? La salida no pasa por esperar a que las administraciones redefinan sus tablas de indicadores, sino por recuperar colectivamente el sentido de lo que somos: líderes pedagógicos centrados en personas singulares e irremplazables. Lo que cada uno de nosotros renuncie a hacer desde esa responsabilidad ética, nadie lo hará en nuestro lugar. La urgencia es comunitaria: un compromiso firme y deliberado por una educación emancipadora que trascienda las carencias del entorno.
Las mediciones externas seguirán existiendo, pero no pueden decirnos qué es una buena educación. Educar no es optimizar un algoritmo ni escalar una estadística; es el compromiso ético más radical que tiene una sociedad para acompañar a niños y jóvenes en el difícil camino de llegar a ser adultos libres. Como ya señaló Kant, el ser humano solo llega a serlo plenamente a través de la educación. Y esa tarea jamás cabrá en una métrica.
Para quien queira profundizar en algunas de las ideas expreadas desde la voz del propio Biesta, G. (2023). La buena educación en la era de las mediciones. Ética, política y democracia. Ediciones Morata.




