Quiero compartir con todos vosotros algunas reflexiones breves en relación a cómo la IA está impactando en la educación en estos momentos. Son fruto de conversaciones y lecturas y no pretenden más que generar también reflexión y provocar conversación.
La IA representa un salto tecnológico sin precedentes; un salto disruptivo que, si bien ha revolucionado el gallinero desde hace algo más de dos años, ya recorre gran parte de las capacidades tecnológicas de grandes corporaciones y de los dispositivos que usamos. Mientras que en educación seguimos a cuestas con el debate acerca de si va a ser o no un valor o incluso si puede perjudicar tanto a alumnos como a los profesores, en el ámbito empresarial nadie duda de que toda organización que ahora piense en la estrategia a seguir para los próximos años, debe contemplar la IA como un actor principal.
Al mismo tiempo hay muchos entusiastas que han recuperado el pulso del cacharreo mientras profetizan un cambio educativo sin precedentes, pero con la sensación de contradicción con el discurso del bienestar que gana adeptos y las derramas de conciencia para proteger a los niños -porque los adultos por lo visto estamos a salvo- de la exposición masiva a las pantallas y al robo de la atención.
Ciertamente estamos en un momento complejo y como en cada cambio de ciclo tecnológico, la educación sufre y celebra al mismo tiempo, en una suerte de esperanza velada para que al fin algo cambie y también en una cruzada por defender la escuela como derecho para construir vidas con sentido, no sólo personas empleables e integrables en una sociedad algo desquiciada.
Como cualquier tecnología, la IA hará mejores profesores a los buenos profesores y hará peores profesores a los malos profesores. Los buenos suelen pensar en cómo mejorar sus prácticas de enseñanza, se conectan con otros educadores, reflexionan, debaten, experimentan y buscan mejorar lo que hacen y provocar mejores experiencias para su alumnos. Los malos, intentarán esquivar en lo posible el esfuerzo que implica aprender e integrar este tipo de tecnologías y, cuando no quede más remedio, las usarán mal. Porque el problema no es tecnológico.
Es cierto que ahora tenemos el discurso de IA hasta en la sopa y que hay numerosos pseudo expertos en el tema. No estoy entre ellos y comparto en parte el hastío sobre la recurrencia del tema, pero como pedagogo, no puedo eludir la responsabilidad de valorar y aprovechar todo aquello que pueda contribuir al aprendizaje y, por otro lado, es necesario pensar en cómo este cambio radical nos afecta ahora y nos afectará en un futuro. Encuentro una pérdida de tiempo hacer una retórica de la resistencia para alimentar la pedagogía de la sospecha frente a los principales actores que están desarrollando estas tecnologías.
No digo que no sea necesario incluir en el debate el gran consumo de recursos que tienen estas tecnologías, la necesaria regulación a distintos niveles o velar porque la representación que tienen los modelos fundacionales evite sesgos y no reproduzca las asimetrías culturales y de oportunidad de la realidad que aprenden. Lo que digo es que, desde el punto de vista educativo, el foco de interés está en otro lado. La optimización de estas tecnologías, la regulación y el hecho de velar porque haya una ética determinada son esenciales, pero no son el foco de nuestra actividad educativa.
La IA es un hecho y lo es porque se viene fraguando desde hace décadas, lo ideal sería comenzar a hacer una reflexión más profunda sobre cómo debemos cambiar y reorganizar nuestras prácticas de enseñanza y el modo en cómo concebimos el aprendizaje. Si la época de los buscadores ha terminado en la declaración inequívoca de que el aprendizaje debe ser competencial, la era de la Inteligencia Artificial probablemente nos lleve a una concepción del aprendizaje más profunda, menos centrada en los contenidos todavía y más humanista que nunca.
¿Cómo cambiará la morfología de los proyectos educativos? Es decir, ¿Sigue teniendo sentido la atomización del currículo, su falta de integración y transferencia de aprendizajes a contextos reales? ¿No deben cobrar más sentido el aprendizaje profundo de habilidades, incluidas las intrapersonales e interpersonales?
¿Qué puede mejorar el desempeño de los buenos profesores? ¿Qué funcionalidades tiene sentido adaptar al contexto educativo con IA? Quizá se ha puesto mucho foco en la generación de contenido, pero haya otras zonas ciegas de mejora.
¿Cómo ayudaremos a los alumnos a que sean más competentes en el uso de la Inteligencia Artificial? Van a convivir con ella y será necesario que la entiendan, que aprendan a usar este tipo de tecnologías de forma crítica y, por supuesto, que puedan soñar en ayudarse de ellas para resolver alguno de los marrones-problemas que les dejamos como herencia.
Estos cambios en la morfología de nuestras escuelas y en nuestras prácticas de enseñanza, vendrán de los buenos profesores y buenos directivos. Desde luego, no vendrán de la presión de las familias, que en su mayoría solamente buscan la seguridad de una escuela a la que evaluar desde sus propias estructuras mentales y experiencias. Tampoco vendrán de la mano de los escépticos y oportunistas anti-tecnologías en educación que profetizan volver al estuche y el encerado y cuya innovación consiste en crear redes de escuelas sin tecnología.
Todo va a depender de los buenos profesores. M. Fullan dice que, la innovación educativa trata principalmente de responsabilidad: si ves algo que puedes hacer por mejorar, hazlo. Si todavía no lo ves, discute, conversa con otros, exponente para llegar a verlo y así poder sentir la llamada a comprometerte.





